Esta semana ha caído en mis manos un estudio demoscópico sobre el partido político preferido por los electores situados entre los 25 y los 34 años de edad. El mapa resultante merece alguna reflexión: tres zonas aisladas en color rojo se decantan por los socialistas como primera opción (Catalunya, Galicia y Extremadura), los jóvenes de Euskadi y Navarra apuestan por Bildu, y el resto del mapa muestra monocromáticamente el verde de Vox.
Convendría poner de relieve que, si la ultraderecha no aparece en Catalunya como primera opción electoral, es simplemente porque este perfil ideológico se reparte aquí entre la formación de Abascal y Aliança Catalana, dos partidos que comparten una misma narrativa en numerosos temas, aunque enarbolando una bandera diferente. Si a ello sumamos el éxito de Bildu entre los jóvenes vascos y navarros, podemos concluir que las candidaturas de perfil identitario y populista (de derechas o de izquierdas, tanto da) se consolidan como oferta favorita entre las nuevas generaciones, convirtiendo a los partidos tradicionales de corte socialdemócrata o democristiano (PSOE, PP, PNV…) en opciones exclusivamente hegemónicas entre los votantes de cierta edad.
Puede que algunos intenten explicar este fenómeno en clave local, aunque sospecho que se trata de una pérdida de tiempo. Salvando las distancias y los matices, basta con observar lo que ha sucedido en Italia con Meloni, lo que está sucediendo en Francia con Le Pen, o lo que previsiblemente sucederá en el Reino Unido con Nigel Farage (que roza la mayoría absoluta, según la última encuesta de FindOutNow, gracias al modelo first-past-the-post británico). ¿Por qué la generación que próximamente tomará las riendas de nuestras sociedades parece haber comprado masivamente este tipo de discursos? Me atrevo a señalar tres aspectos clave en los que estas formaciones parten con ventaja: simplicidad, identidad y oportunidad.
Simplicidad, porque la comunicación ha cambiado bruscamente durante las últimas décadas, tal y como defienden desde los pedagogos hasta los expertos en marketing. Diversos indicadores sugieren el desplome del intervalo de tiempo durante el que podemos captar la atención de un joven y mantenerlo mínimamente concentrado, un fenómeno íntimamente vinculado con la esfera digital. Y esta lógica es aplicable a un anuncio comercial, a una clase, a una composición musical, a una serie, a un artículo… o a un programa electoral. Frases cortas, ideas sencillas, juicios binarios, argumentos lineales… Todo lo demás es paja. En este punto los partidos populistas son verdaderos maestros, ofreciendo soluciones monosilábicas a problemas tremendamente complejos. Y como nunca han gobernado, carecemos todavía de una constatación empírica sobre el simplismo de sus propuestas.
En segundo lugar, identidad, por la confluencia de dos fenómenos: por un lado, la sencillez con la que pueden utilizarse políticamente los puntos de fricción que siempre se han generado históricamente en torno a cualquier proceso de inmigración masiva; y por otro, por la resaca de una globalización fallida, que iba a traernos prosperidad ilimitada y lo que nos ha regalado es una juventud crecientemente desorientada y dubitativa sobre qué hacer con su vida, qué camino elegir entre los aparentemente infinitos que se abren ante sus ojos, qué sentido profundo atribuir a todo aquello que les sucede, etc. No es extraño, por tanto, que tenga tan buena acogida el ofrecimiento de una identidad marmórea y grupal, que actúe como ancla y refugio en un entorno crecientemente líquido, ya sea poniendo el foco en su dimensión cultural, relacional, patriótica, religiosa, étnica, etc.
Y por último, oportunidad, porque el rasgo más generalizado en las nuevas generaciones probablemente sea la desesperanza. Albergan la íntima certeza de que vivirán peor que sus padres, y los datos objetivos no les desmienten. La distopía es cada vez más real, y se impone la creencia de que la pequeña oportunidad que tienen de cambiar el rumbo pasa necesariamente por hacer que el modelo de las últimas décadas vuele por los aires. Puede que los jóvenes gasten mucho en experiencias efímeras (cenas, viajes, conciertos) pero sospecho que muchos de ellos lo hacen como sedante que les alivie la convicción de que no podrán dedicar ese dinero a nada serio, como comprar esa vivienda que nunca adquirirán o pagar la universidad de esos hijos que nunca tendrán.
Precisamente, el relato compartido por la mayor parte de las formaciones populistas es confirmarles que todo es un infierno, efectivamente, pero que sacarán su varita mágica para hacernos a todos felices y dichosos. Ilusión, expectativas, esperanza.
Mientras todo esto ocurre, la socialdemocracia y el centro derecha europeos parecen obcecados en preservar la fidelidad de su electorado tradicional, ofreciendo la mercancía caducada de siempre. Pereza mental, falta de talento y cortoplacismo, porque esta estrategia es pan para hoy y hambre para mañana. Si los viejos partidos no consiguen ilusionar a las nuevas generaciones con un futuro mejor, demostrándoles que es posible, podemos acabar inmersos en una nueva época oscura de la historia.