“La especia debe fluir”

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Estos días estamos asistiendo a la enésima constatación del progresivo empobrecimiento de nuestro debate público.

El nuevo maniqueísmo, hoy denominado polarización, permite observar la realidad exclusivamente en blanco y negro, y ante cualquier personaje público o acontecimiento que nos depara la actualidad, sólo cabe estar a favor o en contra. Los matices son cosa de tibios.

Pues no. En efecto, es perfectamente comprometido considerar a Nicolás Maduro un déspota corrupto, y simultáneamente inquietarse ante la creciente sustitución de un juego internacional cimentado en el derecho por otro basado únicamente en la fuerza. Es totalmente razonable ver a Donald Trump como un narcisista psicopático sin el menor respeto por los marcos jurídicos, y paralelamente celebrar el derrocamiento del tirano chavista. Y es obviamente compatible empatizar con el entusiasmo de millones de venezolanos exiliados o represaliados, con albergar serias dudas sobre la hoja de ruta que Washington parece haber preparado para el país caribeño.

Mantengo estrechos vínculos familiares y de amistad con varias personas que han sufrido en carne propia los terribles efectos de la dictadura bolivariana. Y compartí con ellos su euforia inicial, tras conocerse la defenestración del sátrapa más patético de las últimas décadas. A nadie se le escapaba que el objetivo primordial de la Casa Blanca era reactivar el suministro de crudo, pero supongo que fuimos muchos los que pensamos que, si la voracidad norteamericana servía para devolver la democracia a Venezuela, no hay mal que por bien no venga. Fue interesante observar las concentraciones inmediatamente convocadas en Europa tras el ataque: las de celebración, llenas de exiliados rebosantes de esperanza, y las de condena, plagadas de occidentales ebrios de ideología.

Como inciso, en cuanto al rechazo de plano de la intervención norteamericana por violar el principio de no intervención, creo que no somos pocos quienes consideramos que no nos encontramos ante un derecho absoluto que deba primar sobre cualquier otra circunstancia sin el menor sentido de la ponderación. Y me explico.

Nuestro sistema reconoce el derecho a la vida, pero también la legítima defensa; existe el derecho a la libre circulación, pero también el deber de socorro; defendemos la propiedad privada, pero no podemos pegar un tiro a quien se adentra en nuestro jardín, al menos en Europa. La soberanía -un concepto cada vez más fluido en los tiempos que corren- no debería servir como paraguas para amparar, por ejemplo, una violación de derechos humanos flagrante y sistemática. Imaginemos, por plantear una hipótesis extrema, que un grupo paramilitar psiconazi diera un golpe de estado en San Marino y anunciase la construcción de cámaras de gas para exterminar de forma inminente a los gais, a los pelirrojos, a los autónomos y a los intolerantes al gluten. ¿Qué deberíamos hacer el resto de europeos? ¿Abandonar a su suerte a estos seres humanos y observar la matanza por televisión, respetando escrupulosamente el principio de no injerencia, y mostrar nuestro rechazo otorgando a ese gobierno una única estrella en Google Reviews? Aunque justificar esta tesis exigiría un desarrollo imposible en un artículo como éste, considero que la soberanía no es un derecho absoluto, y en todo caso, debería predicarse en beneficio de los pueblos, no de sus gobernantes ilegítimos.

Sin embargo, volviendo a los hechos, al día siguiente de la operación militar, la comparecencia de Donald Trump desde su Shangri-La kitsch de Mar-a-Lago dejó perplejos a buena parte de los festejantes: ninguna referencia al reconocimiento del verdadero ganador de las últimas elecciones, desprecio explícito a la líder de la oposición y reciente ganadora del premio Nobel de la Paz, aceptación como interlocutora válida de la vicepresidenta chavista Delcy Rodríguez… El suministro futuro de petróleo estaba garantizado, pero dejaba en el aire la devolución del poder a la ciudadanía venezolana. Imposible ver a Trump hablando sobre el flujo de crudo hacia Estados Unidos y no recordar al nauseabundo Vladimir Harkonnen, fantásticamente interpretado por Stellan Skarsgård en la última saga de Dune, sentenciando que “la especia debe fluir”.

Ciertamente, si los efectos de este ataque finalmente se limitan a sustituir una narcodictadura de Maduro por una petrodictadura de Trump, la defensa de esta intervención, aunque sea matizada, pierde cualquier sustento. Hay quien sostiene que el discurso oficial de la Casa Blanca sólo buscar calmar al sector aislacionista de MAGA. Sin embargo, fue significativo e inquietante el gesto de sorpresa del secretario de Estado norteamericano cuando una periodista le cuestionó sobre el plazo para convocar comicios en Venezuela: “Elections?”, respondió Marco Rubio desconcertado, como si le hubieran preguntado por algo que no tenía nada que ver con lo que acababa de suceder.

A nivel doméstico, este episodio reafirma la necesidad de abordar seriamente la estructuración de una defensa europea capaz de hacer valer nuestra voz en el escenario internacional. Desde esta semana, Taiwan es un poco más china, Ucrania un poco más rusa, y Groenlandia un poco más estadounidense. Por lo que parece, este juego ya no va de normativa internacional, ni de democracia, ni de derechos humanos. Esto va de intereses y de fuerza. Y desde la Segunda Guerra Mundial nos hemos sentido cómodos bajo el paraguas norteamericano, ahorrándonos la factura correspondiente. Lo paradójico es que, precisamente, quienes más protestan contra el unilateralismo militar de Washington, son los mismos que se oponen a las inversiones necesarias para ser autónomos en materia de defensa. La independencia y la capacidad de influencia se pagan. Bienvenidos al mundo real.

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