Cuando pienso en lo que significa ser mujer con discapacidad hoy, no puedo evitar recordar conversaciones con personas que comparten esta realidad.
Todas coinciden en algo: es vivir en un cruce de desigualdades. No es sólo la discapacidad, es también el peso del machismo, de los estereotipos y de las miradas que cuestionan constantemente. Es luchar dos veces: por existir con dignidad y por ser reconocida como mujer.
Las barreras no son sólo rampas inexistentes o ascensores demasiado estrechos. Son comentarios que te hacen sentir pequeña, son silencios que te dejan afuera.
Recuerdo una vez oír a una mujer que me decía: «Cuando voy a una entrevista de trabajo, noto cómo me miran antes de preguntar nada. Ya saben que no van a contratarme.» Esta sensación es compartida por muchas mujeres con discapacidad. Los datos lo confirman: la tasa de paro es mayor que en hombres con discapacidad y muy superior a la de mujeres sin discapacidad. Y cuando consiguen trabajo, a menudo es precario.
Pero existe una barrera aún más sutil: la social. Aún hay quien asume que una mujer con discapacidad no puede ser madre, ni tener una vida afectiva plena. Como si la feminidad fuera incompatible con la diversidad funcional. Un tema que duele: la violencia machista. Las mujeres con discapacidad tienen hasta dos veces mayor riesgo de sufrirla. Y no es sólo una estadística: son historias reales. Una vez escuchando una historia me escandalicé. Esta historia ocurre muy a menudo y no podemos normalizarla. Contaba cómo, tras denunciar, le dijeron que no había recursos adaptados para ella. Tuvo que regresar a casa con su agresor.
La dependencia económica, la falta de protocolos inclusivos y el miedo a perder soportes hacen que denunciar sea casi una carrera de obstáculos. Y esto es inaceptable. La lucha contra la violencia debe ser también una lucha por la inclusión. Aquí es donde la invisibilidad se hace más evidente. La sexualidad sigue siendo un tema tabú. Con demasiada frecuencia se niega el derecho a vivir relaciones afectivas y sexuales libres. Hay todavía quien piensa que una mujer con discapacidad no tiene deseo, o que no puede ser madre. Y esto genera discriminación en procesos de adopción, custodia e incluso en el acceso a métodos anticonceptivos. He oído frases como: «¿Por qué quieres tener hijos si ya tienes suficiente con tu situación?» Estas palabras duelen porque niegan el derecho a decidir sobre el propio cuerpo. Ser mujer con discapacidad no significa renunciar a la feminidad, al placer ni a la maternidad. Significa exigir que la sociedad respete estas decisiones.
Pese a las dificultades, hay mujeres que rompen barreras. Activistas, profesionales, artistas que ponen la discapacidad en el centro del feminismo. Movimientos como el feminismo inclusivo reclaman que la lucha por la igualdad no deje a nadie atrás. Cuando veo a estas mujeres, pienso en la fuerza que tenemos cuando nos unimos. Porque la lucha no es sólo individual: es colectiva. Y es urgente. Ser mujer con discapacidad hoy es vivir en resistencia constante. La interseccionalidad no es una teoría abstracta: es una urgente necesidad. Las políticas públicas deben incluir esa mirada para garantizar derechos reales. No son suficientes rampas: hace falta accesibilidad digital, protocolos contra la violencia adaptados, educación inclusiva y empleo digno.
La sociedad tiene un reto: hacer visibles a las invisibles. Porque la igualdad no será cumplida hasta que todas las mujeres, con todas sus diversidades, puedan vivir libres y con dignidad. Hoy 25 de noviembre todas y todos debemos ser consciente de dónde estamos y hacia dónde vamos, debemos ser consciente de los retos que tenemos y de que sólo siente conscientes de que la inclusión es un proceso con un principio pero nunca con un final.